CIENCIA Y REPRODUCCIÓN HUMANA


La revista Science comentó: "La extensión de la clonación a los humanos podría tener graves e insólitas aplicaciones. Los peligros son realmente aterradores". Hoy, 40 años después, al conocerse la hazaña de los investigadores chinos, vuelve a plantearse la misma inquietud.



Refiriéndose al “fenómeno humano”, es decir, al Hombre (así, con mayúscula, como a él le gustaba que se identificara al representante de la especie humana, varón o hembra), situado dentro de la Naturaleza, el sacerdote y científico jesuita Teilhard de Chardin anotaba que “entre los hechos que se nos presentan a nuestros conocimientos, ningún otro puede ser más extraordinario ni más luminoso”. Es cierto, lo que tenga que ver con ese “fenómeno”, es admirable. Por ejemplo, el conocimiento de cómo el hombre y la mujer, dentro de la Naturaleza, se reproducen y perpetúan la especie. Lograr esta maravillosa visión ha sido uno de los más grandes aportes de la ciencia y la tecnología.

En el terreno de la reproducción humana la ciencia ha venido cumpliendo bien su cometido: conocer la verdad y tras ella beneficiar a los de la especie. Gracias a la vocación inquisitiva de los hombres de ciencia, lo que antes era simple especulación hoy son hechos evidentes. Recuérdese que Alcmeón de Crotona pregonaba hace 500 años antes de Cristo que del cerebro procedía el semen fecundante. En la década de los 60 del siglo veinte se comprobó que el cerebro es un verdadero órgano sexual, pues allí se originan las hormonas que van a poner en marcha el sutil mecanismo que hace que el hombre y la mujer produzcan espermatozoides y óvulos, respectivamente. Por su parte, el médico y filósofo griego Anaxágoras (499-428 a. de C.) sugería que todos los componentes del nuevo ser (piel, uñas, nervios, sangre, venas, etc.) iban contenidos en el esperma. Demócrito (460-370 a. de C.), en una frase de filósofo-poeta, sentenció que “durante el acto sexual, un hombre sale en ese momento de otro hombre”, lo que fue complementado por Platón (427-348 a. de C.) cuando afirmó que el hombre siembra en la matriz unos animales minúsculos, invisibles, que llegan a ser hombres. Esos animales minúsculos fueron puestos al descubierto en 1677 por un diletante de la ciencia, el comerciante de paños holandés Anthony van Loewenhoek al observar con un microscopio rudimentario unos pequeños animales provistos de cola en el líquido espermático humano, que fueron bautizados homúnculos, o espermatozoides.

En El Banquete, el mismo Platón pone en boca de uno de sus personajes esta frase profética: "La unión del hombre y la mujer es un verdadero alumbramiento en el que hay algo de divino, puesto que gracias a la fecundación y a la generación, el ser mortal participa de la inmortalidad". Tamaña intuición fue corroborada luego con las aportaciones del monje austriaco Gregorio Mendel al establecer las leyes de la herencia (1865) y con las de Teodoro Boveri al descubrir (1902) los "cromosomas", que eran lo que Mendel llamaba "factores", y que son trasmitidos en el óvulo y en el espermatozoide. Con la descripción de la estructura del DNA (1953) y del RNA como mensajero de la instrucción genética (1966), la ciencia comprobaba que, en efecto, el acto sexual fecundante es la manera como el ser humano logra su inmortalidad. Por eso el científico Mahlon B. Hoagland en su libro Las raíces de la vida expresó: "El DNA es la inmortalidad de los mortales".

A lo largo de dos mil años de paciente investigación, el hombre ha logrado conocer por completo el fenómeno de su reproducción. Saciada su curiosidad, ha pasado ahora a la etapa utilitarista de ese afán inquisitivo, es decir, a darle una aplicación práctica, que viene a ser la razón lógica del quehacer científico. La reproducción manipulada es la demostración evidente: control de la natalidad, inseminación artificial, ovulación inducida, fertilización in vitro, transferencia de embriones (“bebé probeta”). Para avanzar más, en 1967 fue aislada la enzima DNA-ligasa, que puede unir cadenas de DNA. En la Universidad de Stanford, en 1972, se generaron las primeras moléculas recombinantes de DNA, usando la DNA-ligasa. Al año siguiente, fragmentos extraños de DNA fueron insertados dentro de plásmidos (que son moléculas pequeñas capaces de autorreplicarse) de DNA para crear plásmidos quiméricos, es decir, elementos cuyas partes tienen origen genético diferente. De esa manera se abrió el camino para clonar bacterias a partir de cualquier gene y para crear formas de vida diferentes a todas las que hasta ahora han existido sobre la Tierra.


"El DNA es la inmortalidad de los mortales."


Como era de esperar, la experimentación con DNA recombinante desencadenó una tempestad de protestas por sus potenciales alcances y peligros. Se clamó entonces por una moratoria mundial sobre cierta clase de experimentos con DNA recombinante. En medio de la histeria colectiva, en 1976 se conoció una noticia tranquilizante: la creación en San Francisco, California, de la primera compañía comercial de ingeniería genética (“Genentech”), dedicada a usar el DNA recombinante para producir importantes drogas de uso humano. Pronto comenzaron a fabricarse el interferón (contra algunas formas de cáncer), la protropina u hormona del crecimiento, y la humulina o insulina sintética. Cuenta Steve Prentis en el libro Biotecnología que en octubre de 1980 se ofrecieron al público las primeras acciones de "Genentech". Fue tal el impacto en Wall Street que a los 20 minutos de ofrecerse las acciones se habían disparado de 35 a 90 dólares. "En el punto cumbre del noviazgo –dice- entre el negocio del mercado de reservas y la biotecnología, la simple sospecha de la clonación de un gen precipitaba a los inversores hacia sus corredores de bolsa, aun cuando unos y otros desconocían la viabilidad comercial de aquella última maravilla de la ciencia".

La ingeniería genética encontró en el terreno de la reproducción humana un filón inmenso de posibilidades. El ambicioso "Proyecto Genoma Humano" se hizo realidad en abril de 2003 al lograrse el “mapeo” o imagen cromosómica completa de un individuo, abriendo la puerta para la identificación y tratamiento de muchas enfermedades, pero también para eventuales descarríos científicos. El 2 de agosto de 2017 la revista Nature anunció la corrección de un gene patógeno en embriones humanos. Poco después, MIT Technology Review comunicó que un grupo de investigadores en Portland, Oregon, había llevado a cabo la creación de embriones humanos genéticamente modificados.

Recientemente, a raíz de la clonación en China de dos primates, se suscitó de nuevo la discusión por la audacia de los investigadores y los medios editorializaron sobre las graves implicaciones de esas hazañas científicas, al igual que en la década de los 70, cuando se dieron a conocer los experimentos con el DNA recombinante. En 1978, en pleno escándalo, apareció el libro In his image. The cloning of a man, publicado por J.B.Lippincott Company de Nueva York, conmocionando los círculos científicos, religiosos, filosóficos y hasta políticos al dar por cierto el relato que en él se hace, a cargo del comentarista científico norteamericano David Rorvik. De manera novelada este teje una trama en torno del capricho de Max, un septuagenario y mundano millonario que decide comprar la ciencia para obtener de ella un heredero suyo, que fuera su propia imagen. Rorvik, conocedor de los adelantos en el campo de la reproducción, se declara intermediario de tan ambiciosa aspiración. Para lograrla, y merced al poder del dinero, conforma un equipo de investigadores a cuya cabeza figura un veleidoso científico que, para proteger su verdadera identidad, es bautizado “Darwin”. Luego de profundas disquisiciones ético-científicas, Darwin se aventura a realizar el ensayo de algo que ya se había logrado en algunas especies animales: la clonación, palabra derivada del griego klon, que quiere decir “retoño”. El útero que sirvió para sembrar con éxito el proyecto de clono de Max fue el de Sparrow, una virgen de 17 años.

Ante las posibilidades de que semejante hazaña hubiera sido cierta, la revista Science comentó: “La extensión de la clonación a los humanos podría tener graves e insólitas aplicaciones. Los peligros son realmente aterradores”. Hoy, 40 años después, al conocerse la hazaña de los investigadores chinos, vuelve a plantearse la misma inquietud. Hay razón para ello, si se tiene en cuenta lo que el médico y humanista español Pedro Laín Entralgo escribió en el prólogo de la novela de ficción de George Orwell 1984: “Nadie sabe y nadie puede saber si para la técnica del hombre habrá algo que al fin sea absolutamente imposible”. En otras palabras, ¿adónde llegará el hombre de ciencia en esto de la reproducción humana? ¿Todo lo que se puede hacer (técnicamente), se debe hacer (éticamente)? Es el eterno dilema entre ciencia y conciencia.


Fernando Sánchez Torres